Vanina
Coni
Glenda
Vanina
Coni
Glenda
Flor
Luna
Carla
Arikitai
Sabrina
Laura
Ceci
María
Mayra
Le pregunté por qué estaba con un tipo que no amaba. (En la mesa de al lado pararon la oreja)
Me dijo que muchas veces estuvo a punto de dejarlo, pero él la amaba tanto y hacía tantos esfuerzos por seguir que la enternecía.
-¿Y qué motivó este encuentro? -avanzó, y yo le contesté que la habíamos pasado tan bien en la cama que no podía volver a intentarlo.
Más tarde, entre besos callejeros contra la pared me frenó: a dónde estábamos yendo.
Y yo, que sabía que no se refería a mi casa, le pregunté si quería saber la verdad: la verdad la verdad, no creo que vayamos a estar en pareja. Y crucé mis brazos tras su espalda, y volví a pensar en su tipo.
Luego nos seguimos besando por vicio, pero ya no era lo mismo.
Lobo entra a la cocina, saca el horno y calcula dónde hacer los agujeros: uno abajo y otro arriba. Y se va. El cordobés mira preocupado: es incómodo para trabajar. Se apoya contra la pared y empieza a los mazazos. “Estos agujeros salvan vidas”, me dice. “Como el aire es más pesado que el gas, si hay una pérdida el gas se va para arriba. Conozco una familia amiga que tenía una hija y se le murió, veinte años tenía. Un hijo solo es muy poco, yo le digo a mi hija que tenga una más, pero no quiere. Es que si se te muere y sólo tenés uno es mucho dolor. Esta pareja, los dos se murieron a los pocos meses… Si tenés un hijo más, el otro te mantiene vivo”.
-Me imagino que la muerte de cualquier hijo debe ser terrible, tengas uno, dos u ocho- le digo.
-Es cierto. Mirá, te voy a contar algo: el día que murió el hijo de Menem yo me alegré. Dije: “Se termina una dinastía”. Y a la noche, llego a casa, prendo la tele y lo veo a Menem cargando el féretro y se me caían las lágrimas. Me arrepentí, porque me puse en posición de padre. Es terrible. Está dura la pared eh, se hacían bien las cosas antes. Hace calor dijo el loro, y le estaban quemando el rancho eh ja ja.
Le ofrezco algo de tomar pero no quiere. Me dice que está acostumbrado a trabajar y al calor, porque trabaja en edificios, y cuando demuele lozas le pega con la maza grandota, no la chiquita, y es golpe a golpe con todo el cuerpo. No le gusta trabajar en departamentos, porque hay que acomodarse al horario de la gente, y a sus rayes. En las obras, además, se encuentran “personajes como si fueran de historietas, no te imaginás”.
Cuando pasó por el living vio mi guitarra y no pudo evitar agarrarla. Tiene las manos ásperas de obrero, las uñas sucias y duras. Intenta unos compases de un chamamé, mira para arriba, la inspiración no viene. El cordobés tuvo un local de música hasta los 34, 35 años, cuando nació su hija. “Ahí largué todo y no toqué nunca más, porque si no la guitarra te domina. A mí me preguntaban ¿Por qué te gusta la guitarra? Porque tiene forma de mujer. A la guitarra hay que cuidarla como a la mujer, todos los días tocarla una o dos horas. Si no se te endurecen los dedos. Mirá, tengo los dedos duros, ya no puedo tocar, pero te digo que si me das tres o cuatro meses estoy para volver eh, jeje.
Lobo aparece “¿Y, cómo le está yendo?” No lo tutea. “Bien, el de abajo ya está, ahí le estaba emprolijando. Oiga Lobo, usted también le gustaba la guitarra ¿no?” Lobo sonríe, mira al piso y no contesta.
-¿Y el agujero de arriba?, le pregunta
-Ah, para ese se necesita la escalera.
-Y de paso descansa y no trabaja, ¿no?
-Noo, Lobo, usted sabe que no
Trae la escalera, sube Lobo y empieza a martillar. Dos golpes y suena metálico: debe estar la viga, dice. Vuelve a calcular y golpea, avanza. “Lo va a hacer usted”, le dice el cordobés. “Y sí, mire el agujero que hizo ahí abajo…”. “Ahh, claro, es que Lobo es fino. Cómo viene haciendo agujeros Lobo últimamente, che, no te imaginás”. Lobo ríe, sabe que no habla de paredes. “¿En qué andará Pepe, Lobo? Pepe es el otro muchacho -me dice- la última vez que se fue de vacaciones dijo que se iba una semana y volvió a los veinte días… Está en Catamarca ahora, ahí debe andar, comiendo cordero -no sabés los asados que se hacen allá-, al lado del río, y siempre junto a la dama… la damajuana. Lo tienen cortito a Pepe ¿no Lobo? Siempre al lado de la dama. Y nosotros acá, trabajando mientras el otro se da la vida ¿no Lobo?”.
Por momentos, el cordobés sorprende. “El imperio yanqui va a desaparecer”, me dice de repente. “Se está hundiendo, y van a sufrir en carne propia la miseria que esparcieron por el mundo. China, Japón, esos son los próximos imperios, que hasta ahora están dormidos. Ya lo vimos con el Katrina, la miseria que había”.
-Sí, pero el problema es que otra vez los que morían eran los pobres de Estados Unidos- le digo
-Sí, pero eso es Dios, que ya los hace sufrir. Vas a ver, Estados Unidos va a sufrir en carne propia la miseria que esparció por todo el mundo. Todos los imperios cayeron, y Estados Unidos va a caer.
O en otra: “Yo creo que el servicio militar tiene que volver”, me dice. Lo miro torcido: temo tener un facho a pico y martillo en casa. “En el servicio militar aprendés a amar la libertad, a querer a tu familia… aprendés lo que es sufrir. Por eso tiene que volver”.
Después de un mes y medio de bañarme con agua fría, rogar que hiciera calor para no resfriarme, cocinar en el microondas y calentar agua con el rulito eléctrico, el martes vinieron los plomeros. Tengo gas.
Lo de siempre: parece que un vecino -tonto o inquilino con ganas de joder al dueño- tenía una pérdida, y en vez de avisar al consorcio llamó a Metrogas, que inmediatamente le cortó el gas a todo el edificio, constató que había pérdidas también en la entrada y determinó que hasta que todos los departamentos cumplieran con todos los requisitos no volvía el gas. Y, dicho sea de paso y a modo de denuncia, Metrogas cobra la constatación para restituir el servicio, que es/era público.
Por departamento se hizo una estimación de los costos. En mi caso, había que instalar rejillas en la cocina, lubricar manijas y agregarle una llave de seguridad al calefón. Por suerte no había pérdidas, lo que hubiera significado romper pared, reconducir caños, etc etc etc. En total no llegaba a mil pesos, sumando su parte por los arreglos generales en el edificio. Entonces me llama Moni, de la inmobiliaria.
-El dueño ayer habló con la administradora, dice que los costos superan a tu alquiler, así que dice que él paga lo que es exterior al departamento, pero lo de adentro que lo pagues vos.
-Decile que está en pedo, no voy a pagar un mango.
-Yo le digo, pero mirá que está en duro, porque aparte dice que tu alquiler está desactualizado, así que quiere que ya desde el mes que viene le pagues la tarifa que te cobraría al renovar en febrero, o sea mil pesos más expensas.
-Moni, con boludeces no vengas. Ya sabés mi respuesta. Y decile que si no lo paga los dieciocho departamentos lo van a ir a cagar a trompadas porque por su culpa nadie va a tener gas.
Aldo, el dueño, es un pelotudo. Lejos está de ser pobre, tiene varios departamentos que alquila y le importa tres carajos mantenerlos en buen estado: está todo atado con alambre, y cuando me quejé, su respuesta fue “Si no te gusta, andate”. Por mi parte, en febrero se me vence el contrato y ya decidí que no lo voy a renovar, así que era más que obvio que no iba a pagar nada que no me correspondiera por tres meses de alquiler. Parece que mi negativa funcionó, porque dos días después Moni me llamaba para decirme que había aceptado abonar el importe.
La cagada son los días fríos, porque cuando hace calor el agua sale natural y hasta refresca un poco. Con agua helada, lo mejor es bañarse por partes: enjabonar y enjuagar una pierna, la otra, los brazos por separado, la cabeza. Para comer, zafé gracias al microondas, regalo de mis padres, que no había utilizado más que para calentar alguna sobra. Tardé poco en acostumbrarme, pero placeres como una pajota bajo la ducha se extrañan.
Y finalmente vinieron los plomeros, Lobo y el cordobés. Lobo es el capataz, 45 años, cara aguileña, pelo negro pero incipiente pelada, jean con algún agujero y camisa adentro del pantalón, zapatillas topper negras, limpias y nuevas. Probablemente sea honesto, pero no parece: exagera los arreglos, habla y suena a que te está currando. El cordobés es pelado y sin dientes, está en bermudas y camisa desabotonada de Ombú. Ojotas viejas, los dedos sobran la suela. Tiene 70 años y los brazos gruesos, a fuerza de mazazos.
Uno es serio, el otro no. Lobo es la razón; el cordobés, el humor.
Ayer fui a comprar huevos y el gallego de a la vuelta me pidió por la media docena $2,80. Son huevos grandes, de los que pesan más de 60g c/u (el de la quesería de crisólogo larralde, que también es repostero, me explicó que un huevo promedio pesa 60g.) La media docena se estaba cobrando $3, $3,50, así que es un lindo índice, esperemos que promisorio, esperemos que contagie y llegue al precio de los alquileres, que en un mes y medio renuevo o me mudo.
Apenas me mudé pensé en instalarles un bidet, de los que ponés solo la manguerita. Yo no uso, no fue enseñanza familiar limpiarse el culo con agua, pero pensé que ellas sí podían necesitarlo.
Varias entraron y no dijeron nada. Hasta que una gritó, desde el baño:
-¡No tenés bidet!
-¿Cómo que no tengo? Sï, dejame entrar que te muestro
Y le terminé de sacar los pantalones, acosté su espalda en el piso, las plantas de sus pies apoyadas en la cerámicas de la pared, y abrí la ducha.
Y aunque se mojó la remera y se quejó, después le gustó y todo.
Algunos momentos fueron particularmente hermosos:
La entrada de la heladera: blanca, nueva, limpia, enfundada en sus ropajes y telgopores dispuestos a quebrarse, a abrirse ante mi alimento, como una mujer que ante todo es buena compañera, destinados a estar juntos hasta que la muerte nos separe.
El día que compré en Once el gancho para el shampoo, el jabón y demás, y que colgué en el baño esa misma tarde. Plateado y brillante, daba la sensación de que jamás se oxidaría.
Pero nada se compara con la alacena. Fue mi primera compra por internet, y hasta ese momento todos los arroces, fideos y galletitas estaban arriba de la heladera. Las conservas entre la heladera y la pared(debo decir que siguen ahí), y los platos en la pileta y el secaplatos (a propósito: jamás compren secaplatos blanco, ensucian mucho). La trajeron, la deslicé los 3 pisos por escalera. Lista para armar, era una huevada. Era mi chance de demostrarle a mi amigo bider que no era tan inútil con las manos como él creía.
Habían pasado varios meses ya de mi mudanza pero él todavía no había venido. Mi prueba contra las sospechas de inutilidad era que había pintado toda la casa solo, pero armar correctamente la alacena era la prueba contundente de que yo podía. Sí señor: YO podía. La inclinación involuntaria del estante había sido sólo un accidente, un error de cálculo como el de los misiles yanquis. Mis manos no estaban hechas sólo para el teclado.
Pero se complicó. Intuí que me habían mandado un parante equivocado y decidí hacerle a la alacena un par de agujeros innecesarios. Esos agujeros ahora necesitaban tornillos distintos. La puerta ya no encajaba. Fue justo en ese momento que tocó timbre.
Me miró con cara de “qué boludo” y me mostró que lo único que había que hacer era invertir el parante. Resolvimos. Luego calculamos: agradecimos a la escuela que nos enseñó de ángulos y todo eso para que quedara horizontal, y milagrosamente quedó. La puta pesaba y se resistía a ser instalada, fue un parto de varias horas, de sostenerla y equilibrarla, de darle de un lado y del otro, hasta que finalmente, ajustada y reajustada, encontró su lugar en el mundo.
En ese momento, sólo en ese momento, me sentí realizado.
Fue celular nomás, no más teléfono fijo. Hasta mudarme, me resistía al aparatito. Eventualmente podía usar uno familiar, pero la idea de “estar conectado” todo el tiempo me resultaba aterradora. Me sigue pareciendo una idea inhumana, a decir verdad, pero bueno, así es la vida.
La razón tiene mucho de económica: en el departamento no había ninguna línea, así que si la traía era poner 180 mangos más el teléfono más el gasto mensual. Con el celular era comprar el teléfono -algo menos de 180- y un plan fijo, sumado a la pyme familiar. Porque, claro, mi santa madre decía que era importantísimo que entre nosotros ¡hablar iba a ser gratis! ¡Sí!
Así que el gasto era similar, y en mi camino independentista yo creía convertirme en un joven profesional que “no está nunca en su casa”, así que bueno, después de todo un celular con cámara de fotos no venía mal.
¿Les digo la verdad? No me llama casi nadie, apenas mis viejos. Detesto escribir mensajes -más aún, recibir preguntas del estilo “cómo estás”. Me sirve como despertador y como reloj, y alguna vez que me comí una larga espera de bondi sin walkman (uso walkman y escucho AM) me salvaron los jueguitos.
Lo mismo el Facebook: mi larga resistencia, las ideas paranoicas de que mis datos están publicados para todos los servicios de inteligencia del mundo fueron rápidamente desbancados cuando descubrí que el imputado en una causa que investigaba había publicado sus imágenes. No me aceptó como “amigo” -y por ende, no pude ver nada- pero inmediatamente una catarata de conocidos me agregaron hasta hacerme sentir tan popular y tan comunicado que no tengo tiempo más que para ellos.