Bellezas del baño y la cocina

Algunos momentos fueron particularmente hermosos:

La entrada de la heladera: blanca, nueva, limpia, enfundada en sus ropajes y telgopores dispuestos a quebrarse, a abrirse ante mi alimento, como una mujer que ante todo es buena compañera, destinados a estar juntos hasta que la muerte nos separe.

El día que compré en Once el gancho para el shampoo, el jabón y demás, y que colgué en el baño esa misma tarde. Plateado y brillante, daba la sensación de que jamás se oxidaría.

Pero nada se compara con la alacena. Fue mi primera compra por internet, y hasta ese momento todos los arroces, fideos y galletitas estaban arriba de la heladera. Las conservas entre la heladera y la pared(debo decir que siguen ahí), y los platos en la pileta y el secaplatos (a propósito: jamás compren secaplatos blanco, ensucian mucho). La trajeron, la deslicé los 3 pisos por escalera. Lista para armar, era una huevada. Era mi chance de demostrarle a mi amigo bider que no era tan inútil con las manos como él creía.

Habían pasado varios meses ya de mi mudanza pero él todavía no había venido. Mi prueba contra las sospechas de inutilidad era que había pintado toda la casa solo, pero armar correctamente la alacena era la prueba contundente de que yo podía. Sí señor: YO podía. La inclinación involuntaria del estante había sido sólo un accidente, un error de cálculo como el de los misiles yanquis. Mis manos no estaban hechas sólo para el teclado.

Pero se complicó. Intuí que me habían mandado un parante equivocado y decidí hacerle a la alacena un par de agujeros innecesarios. Esos agujeros ahora necesitaban tornillos distintos. La puerta ya no encajaba. Fue justo en ese momento que tocó timbre.

Me miró con cara de “qué boludo” y me mostró que lo único que había que hacer era invertir el parante. Resolvimos. Luego calculamos: agradecimos a la escuela que nos enseñó de ángulos y todo eso para que quedara horizontal, y milagrosamente quedó. La puta pesaba y se resistía a ser instalada, fue un parto de varias horas, de sostenerla y equilibrarla, de darle de un lado y del otro, hasta que finalmente, ajustada y reajustada, encontró su lugar en el mundo.

En ese momento, sólo en ese momento, me sentí realizado.

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