Fue celular nomás, no más teléfono fijo. Hasta mudarme, me resistía al aparatito. Eventualmente podía usar uno familiar, pero la idea de “estar conectado” todo el tiempo me resultaba aterradora. Me sigue pareciendo una idea inhumana, a decir verdad, pero bueno, así es la vida.
La razón tiene mucho de económica: en el departamento no había ninguna línea, así que si la traía era poner 180 mangos más el teléfono más el gasto mensual. Con el celular era comprar el teléfono -algo menos de 180- y un plan fijo, sumado a la pyme familiar. Porque, claro, mi santa madre decía que era importantísimo que entre nosotros ¡hablar iba a ser gratis! ¡Sí!
Así que el gasto era similar, y en mi camino independentista yo creía convertirme en un joven profesional que “no está nunca en su casa”, así que bueno, después de todo un celular con cámara de fotos no venía mal.
¿Les digo la verdad? No me llama casi nadie, apenas mis viejos. Detesto escribir mensajes -más aún, recibir preguntas del estilo “cómo estás”. Me sirve como despertador y como reloj, y alguna vez que me comí una larga espera de bondi sin walkman (uso walkman y escucho AM) me salvaron los jueguitos.
Lo mismo el Facebook: mi larga resistencia, las ideas paranoicas de que mis datos están publicados para todos los servicios de inteligencia del mundo fueron rápidamente desbancados cuando descubrí que el imputado en una causa que investigaba había publicado sus imágenes. No me aceptó como “amigo” -y por ende, no pude ver nada- pero inmediatamente una catarata de conocidos me agregaron hasta hacerme sentir tan popular y tan comunicado que no tengo tiempo más que para ellos.