Después de un mes y medio de bañarme con agua fría, rogar que hiciera calor para no resfriarme, cocinar en el microondas y calentar agua con el rulito eléctrico, el martes vinieron los plomeros. Tengo gas.
Lo de siempre: parece que un vecino -tonto o inquilino con ganas de joder al dueño- tenía una pérdida, y en vez de avisar al consorcio llamó a Metrogas, que inmediatamente le cortó el gas a todo el edificio, constató que había pérdidas también en la entrada y determinó que hasta que todos los departamentos cumplieran con todos los requisitos no volvía el gas. Y, dicho sea de paso y a modo de denuncia, Metrogas cobra la constatación para restituir el servicio, que es/era público.
Por departamento se hizo una estimación de los costos. En mi caso, había que instalar rejillas en la cocina, lubricar manijas y agregarle una llave de seguridad al calefón. Por suerte no había pérdidas, lo que hubiera significado romper pared, reconducir caños, etc etc etc. En total no llegaba a mil pesos, sumando su parte por los arreglos generales en el edificio. Entonces me llama Moni, de la inmobiliaria.
-El dueño ayer habló con la administradora, dice que los costos superan a tu alquiler, así que dice que él paga lo que es exterior al departamento, pero lo de adentro que lo pagues vos.
-Decile que está en pedo, no voy a pagar un mango.
-Yo le digo, pero mirá que está en duro, porque aparte dice que tu alquiler está desactualizado, así que quiere que ya desde el mes que viene le pagues la tarifa que te cobraría al renovar en febrero, o sea mil pesos más expensas.
-Moni, con boludeces no vengas. Ya sabés mi respuesta. Y decile que si no lo paga los dieciocho departamentos lo van a ir a cagar a trompadas porque por su culpa nadie va a tener gas.
Aldo, el dueño, es un pelotudo. Lejos está de ser pobre, tiene varios departamentos que alquila y le importa tres carajos mantenerlos en buen estado: está todo atado con alambre, y cuando me quejé, su respuesta fue “Si no te gusta, andate”. Por mi parte, en febrero se me vence el contrato y ya decidí que no lo voy a renovar, así que era más que obvio que no iba a pagar nada que no me correspondiera por tres meses de alquiler. Parece que mi negativa funcionó, porque dos días después Moni me llamaba para decirme que había aceptado abonar el importe.
La cagada son los días fríos, porque cuando hace calor el agua sale natural y hasta refresca un poco. Con agua helada, lo mejor es bañarse por partes: enjabonar y enjuagar una pierna, la otra, los brazos por separado, la cabeza. Para comer, zafé gracias al microondas, regalo de mis padres, que no había utilizado más que para calentar alguna sobra. Tardé poco en acostumbrarme, pero placeres como una pajota bajo la ducha se extrañan.
Y finalmente vinieron los plomeros, Lobo y el cordobés. Lobo es el capataz, 45 años, cara aguileña, pelo negro pero incipiente pelada, jean con algún agujero y camisa adentro del pantalón, zapatillas topper negras, limpias y nuevas. Probablemente sea honesto, pero no parece: exagera los arreglos, habla y suena a que te está currando. El cordobés es pelado y sin dientes, está en bermudas y camisa desabotonada de Ombú. Ojotas viejas, los dedos sobran la suela. Tiene 70 años y los brazos gruesos, a fuerza de mazazos.
Uno es serio, el otro no. Lobo es la razón; el cordobés, el humor.