Lobo y el cordobés

Lobo entra a la cocina, saca el horno y calcula dónde hacer los agujeros: uno abajo y otro arriba. Y se va. El cordobés mira preocupado: es incómodo para trabajar. Se apoya contra la pared y empieza a los mazazos. “Estos agujeros salvan vidas”, me dice. “Como el aire es más pesado que el gas, si hay una pérdida el gas se va para arriba. Conozco una familia amiga que tenía una hija y se le murió, veinte años tenía. Un hijo solo es muy poco, yo le digo a mi hija que tenga una más, pero no quiere. Es que si se te muere y sólo tenés uno es mucho dolor. Esta pareja, los dos se murieron a los pocos meses… Si tenés un hijo más, el otro te mantiene vivo”.
-Me imagino que la muerte de cualquier hijo debe ser terrible, tengas uno, dos u ocho- le digo.
-Es cierto. Mirá, te voy a contar algo: el día que murió el hijo de Menem yo me alegré. Dije: “Se termina una dinastía”. Y a la noche, llego a casa, prendo la tele y lo veo a Menem cargando el féretro y se me caían las lágrimas. Me arrepentí, porque me puse en posición de padre. Es terrible. Está dura la pared eh, se hacían bien las cosas antes. Hace calor dijo el loro, y le estaban quemando el rancho eh ja ja.

Le ofrezco algo de tomar pero no quiere. Me dice que está acostumbrado a trabajar y al calor, porque trabaja en edificios, y cuando demuele lozas le pega con la maza grandota, no la chiquita, y es golpe a golpe con todo el cuerpo. No le gusta trabajar en departamentos, porque hay que acomodarse al horario de la gente, y a sus rayes. En las obras, además, se encuentran “personajes como si fueran de historietas, no te imaginás”.

Cuando pasó por el living vio mi guitarra y no pudo evitar agarrarla. Tiene las manos ásperas de obrero, las uñas sucias y duras. Intenta unos compases de un chamamé, mira para arriba, la inspiración no viene. El cordobés tuvo un local de música hasta los 34, 35 años, cuando nació su hija. “Ahí largué todo y no toqué nunca más, porque si no la guitarra te domina. A mí me preguntaban ¿Por qué te gusta la guitarra? Porque tiene forma de mujer. A la guitarra hay que cuidarla como a la mujer, todos los días tocarla una o dos horas. Si no se te endurecen los dedos. Mirá, tengo los dedos duros, ya no puedo tocar, pero te digo que si me das tres o cuatro meses estoy para volver eh, jeje.

Lobo aparece “¿Y, cómo le está yendo?” No lo tutea. “Bien, el de abajo ya está, ahí le estaba emprolijando. Oiga Lobo, usted también le gustaba la guitarra ¿no?” Lobo sonríe, mira al piso y no contesta.
-¿Y el agujero de arriba?, le pregunta
-Ah, para ese se necesita la escalera.
-Y de paso descansa y no trabaja, ¿no?
-Noo, Lobo, usted sabe que no

Trae la escalera, sube Lobo y empieza a martillar. Dos golpes y suena metálico: debe estar la viga, dice. Vuelve a calcular y golpea, avanza. “Lo va a hacer usted”, le dice el cordobés. “Y sí, mire el agujero que hizo ahí abajo…”. “Ahh, claro, es que Lobo es fino. Cómo viene haciendo agujeros Lobo últimamente, che, no te imaginás”. Lobo ríe, sabe que no habla de paredes. “¿En qué andará Pepe, Lobo? Pepe es el otro muchacho -me dice- la última vez que se fue de vacaciones dijo que se iba una semana y volvió a los veinte días… Está en Catamarca ahora, ahí debe andar, comiendo cordero -no sabés los asados que se hacen allá-, al lado del río, y siempre junto a la dama… la damajuana. Lo tienen cortito a Pepe ¿no Lobo? Siempre al lado de la dama. Y nosotros acá, trabajando mientras el otro se da la vida ¿no Lobo?”.

Por momentos, el cordobés sorprende. “El imperio yanqui va a desaparecer”, me dice de repente. “Se está hundiendo, y van a sufrir en carne propia la miseria que esparcieron por el mundo. China, Japón, esos son los próximos imperios, que hasta ahora están dormidos. Ya lo vimos con el Katrina, la miseria que había”.
-Sí, pero el problema es que otra vez los que morían eran los pobres de Estados Unidos- le digo
-Sí, pero eso es Dios, que ya los hace sufrir. Vas a ver, Estados Unidos va a sufrir en carne propia la miseria que esparció por todo el mundo. Todos los imperios cayeron, y Estados Unidos va a caer.

O en otra: “Yo creo que el servicio militar tiene que volver”, me dice. Lo miro torcido: temo tener un facho a pico y martillo en casa. “En el servicio militar aprendés a amar la libertad, a querer a tu familia… aprendés lo que es sufrir. Por eso tiene que volver”.

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